Una magnífica y novedosa aventura que un día descubrí gracias a unos amigos y que llevaba como título "espeleología". Esta ciencia-deporte me ofreció la posibilidad de adentrarme en un mundo desconocido lleno de enigmas y de sorpresas que, con el tiempo, me regaló la capacidad de introducirme en mi interior. De ver que podía pasar de lo profundo de la tierra a la profundidad del ser. Y que cada una de las realidades o sensaciones que sentía en este 'mundo de cavernícolas' se podía corresponder perfectamente con el mundo humano. Hasta encontrar una verdadera analogía entre lo que se esconde y lo que se aprecia, entre los sentimientos y las acciones. Ahora puedo decir que siento y vivo esa profundidad de la tierra, en el mismo ser. Cuando percibo el silencio, contemplo la oscuridad, y me deleito con la belleza de lo creado descubro mi pequeñez y me asombro de lo que somos. Y constato que nuestro cuerpo físico alberga una caverna subterránea que espera ser descubierta por los demás. Pero, únicamente, por aquellos que tienen la capacidad de asombrarse, de explorar y de arriesgarse. De descubrir que lo importante no es lo que se ve, sino lo que se es y se siente. No busco apariencias ni falsedades. Sino obras que muestren la grandeza de nuestras propias cavernas.
Y me enorgullece conocer a gente así. A personas con una auténtica profundidad del ser, que sería capaz de perderme explorándolas y descubriéndolas. Viendo su valía, su humanidad, su sencillez... Comparable a lo que descubro en lo profundo del suelo: un lugar agradable en el que me siento muy agusto, con una sensación de plenitud excepcional. Me cautivan las personas profundas y su profundidad. No quiero la superficialidad de la tormenta en lo hondo del ser. Quiero calma y certeza. Quiero la profundidad del ser.
