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lunes, 28 de marzo de 2011

La devoción a la Mare de Déu del Lledó no sabe de fronteras


Vuelven, de nuevo, las fiestas fundacionales de la ciudad de Castellón. Y con ellas, los creyentes no pueden dejar de mirar hacia ese lugar de la ciudad que irradia luz y auxilio: la Basílica de la Mare de Déu del Lledó. Un emplazamiento emblemático para la fe y para la historia de Castellón, avalado por más de seis siglos de peregrinaciones. En donde los fieles han acudido para pedir a la Virgen la protección, la reconciliación o, simplemente, para dar gracias por los bienes recibidos.

Es la historia de amor entre la ciudad y su patrona. Y así ha quedado demostrado en los conocidos versos del escritor Lluís Revest Corzo -dedicados a la Lledonera-, cuando afirma “¡Del vostre amor, un cantar és tota la nostra història…!”. Y, verdaderamente, así ha sido. Porque ni los avatares ni las guerras consiguieron borrar la fe de todo un pueblo por la Virgen. Como también queda plasmado en el canto del Magníficat: “Todas las generaciones me llamaran bienaventurada”.

Lledó es y seguirá siendo un referente de identidad espiritual e histórica. Un fenómeno que irradia sentimientos fuera de la misma ciudad y que atrae a los más fervorosos. De tal forma que, podemos comprobar como el fenómeno religioso de Lledó traspasa el ámbito local para convertirse en foco de fe y sentimiento para toda nuestra provincia de Castellón. Así se expresa la confianza hacia una madre: en fe que no conoce límites y que traspasa fronteras. Que acampa en cualquier lugar sagrado para ofrecer esperanza y consuelo a aquellos que acuden a ella.

Por eso, en estas fechas tan significativas y entrañables para Castellón no podemos olvidar que nuestras gentes “se han postrado de generación en generación y a lo largo de toda su historia, ante una diminuta imagen de la Virgen, motor e impulso de importantes iniciativas religiosas, devocionales, artísticas y sociales en el pasado y en el presente”. Además, como también nos enseña la historia no tan reciente de la sociedad castellonense, Lledó se convirtió en centro de peregrinaciones y punto de atracción religiosa ante el sufrimiento de un pueblo aquejado por las sequías, la escasez de cosechas y las mortandades producidas por las pestes y el paludismo. Y buena muestra de esta devoción popular mariana nos llega a través de documentos escritos que certifican que una de las primeras peregrinaciones data de 1394, y la conforman vecinos de Vila-real y Almassora, acompañados por un buen grupo de sacerdotes. Además, como curiosidad sabemos que en estas peregrinaciones acudía tanta gente que dañaban los campos de cultivos por donde pasaban, llegando a protestar sus respectivos propietarios.

Las rogativas no sólo tuvieron como objetivo la ermita de la Magdalena, sino que fijaron su mirada en el Santuario del Lledó, que diariamente acogía procesiones penitenciales que bajaban desde la misma ciudad, allá por el año 1476.

Lledó fuera de Castellón

Esta verdadera devoción a la Virgen, bajo la advocación del Lledó, se ha visto plasmada a lo largo de los años en la religiosidad, la fe y el culto tributados por el pueblo cristiano. A lo largo y ancho de la provincia de Castellón y fuera de ella. Merecen especial atención entronizaciones de la imagen en poblaciones como Argelita y Vilafamés, así como el ascenso de la Lledonera a la cumbre más elevada de la provincia de Castellón: Sant Joan del Penyagolosa. Donde todavía hoy se celebra una misa de campaña. También en el municipio de l’Alcora, la Lledonera tiene en la parroquia un lugar concreto para su veneración.

Pero el culto a la Virgen ha traspasado nuestra demarcación territorial. Y así lo demuestran hechos de la historia. Por ejemplo, a principios de los años cuarenta un grupo de castellonenses residentes en Valencia, promovió la creación de una cofradía, teniendo como referencia a la patrona de Castellón. También la capital española, Madrid, acogió esta devoción en 1947, gracias al afán de una distinguida castellonense llamada Pepita Ruiz de Such, que solicitó la autorización al arzobispado madrileño para entronizar una imagen de la Virgen en la iglesia de las Calatravas, de la calle de Alcalá. Sin olvidar, que también recibe culto privado en la Ciudad Condal desde 1956, en la capilla de la Casa de Valéncia, en Barcelona, junto a las imágenes de la Virgen de los Desemparados y Nuestra Señora del Remedio.

A América Latina también llegó la imagen por voluntad del sacerdote castellonense mosén José Doménech, y en África, en la zona de Burkina Faso, fue llevada otra réplica y entronizada en el poblado de Ziasso, próximo a Safané, donde se encontraban las misiones diocesanas.

Si algo queda claro, es el amor y la devoción de los fieles por su patrona de Castellón. Un amor sin fronteras que se difumina por toda la geografía española y universal. Y que recoge el sentimiento de todo un pueblo hacia su madre. Es la Magdalena, es el Lledó. Y es la unión entre las fiestas de Castellón y su patrona, que se adhieren y se extienden por doquier, para cantar como rezan los gozos aquello que “del poble de Castelló sigau llum i auxiliadora, de l’amor nostre, ¡Senyora!, Mare de Déu del Lledó”. (Artículo publicado en el extra de Fiestas de la Magdalena de Castellón, del Periódico Mediterráneo, del viernes día 25 de marzo del 2011)